Una atmósfera claustrofóbica se instala desde las primeras páginas; la narración convierte lo doméstico en amenaza y lo onírico en obsesión. En Los ojos son la mejor parte la joven Ji-won debe enfrentar el abandono paterno, la descomposición de su familia y unas pesadillas que la invaden con imágenes punzantes, transformando su hogar en un escenario donde la mirada del otro pesa como un objeto cortante.
La presencia de George, el nuevo novio de su madre, desata una fascinación que se vuelve física: ojos azules que acechan, fantasías de posesión y violencia sensorial que obligan a cuestionar los límites entre deseo, amenaza y supervivencia. La prosa construye secuencias sensoriales intensas —imágenes de habitaciones teñidas de escarlata, ojos idénticos que persiguen dentro y fuera del sueño— y explora cómo la adolescencia se convierte en un territorio vulnerable a la obsesión.
La autora Monika Kim teje una historia en la que el horror íntimo y la fragilidad familiar se reflejan en lo corporal y en lo onírico, logrando una lectura que incomoda y conmueve por igual. Con un ritmo que alterna tensión y acierto descriptivo, esta novela indaga en la mirada como instrumento de poder y en el modo en que los traumas silenciados resurgen en imágenes imposibles de ignorar.