A través de un recorrido que abarca siglos y continentes, El mundo que forjó la peste, escrito por James Belich, ofrece una narración panorámica que desentraña la paradoja central de la catástrofe de 1346: cómo la peste negra, al diezmar poblaciones, actuó como vector de transformaciones económicas, tecnológicas y culturales de alcance global. Belich, catedrático de la Universidad de Oxford en Historia Global, sitúa el lector frente a las consecuencias directas de la mortandad —la escasez de mano de obra, el aumento de la productividad per cápita y la nueva demanda de bienes como sedas, azúcar y especias— y muestra cómo esos factores reconfiguraron rutas comerciales y estructuras de poder.
La obra explica con rigor cómo la necesidad impulsó la adopción de energías hidráulica y eólica, la difusión de la pólvora, el perfeccionamiento de los altos hornos y el diseño de galeones artillados, y conecta esos avances con la expansión europea que se aceleró poco más de un siglo después. Al ampliar el foco hacia Asia, Oriente Medio y Rusia, Belich demuestra que los efectos de la peste no fueron exclusivos de Europa: imperios poderosos también experimentaron florecimientos y reacomodos, y la interacción entre actores como China y los otomanos resultó determinante en el nuevo mapa global. El resultado es un estudio ambicioso y pionero que permite comprender cómo una catástrofe demográfica pudo reorganizar economías, tecnologías e imperios, y ofrece una perspectiva histórica útil para leer las transformaciones de un mundo interconectado que ha conocido, de distinto modo, su propia experiencia pandémica.