Ambientada en un Londres vigilado por telepantallas y gobernado por un partido único, George Orwell construye en 1984 una distopía donde la alteración sistemática de los hechos y la vigilancia constante socavan la dignidad y la autonomía individual. Winston Smith, empleado del Ministerio de la Verdad encargado de reescribir la historia, encarna la tensión entre la memoria personal y la manipulación oficial, mientras el Gran Hermano impone un control que alcanza incluso el lenguaje y los pensamientos prohibidos.
La obra ofrece un retrato riguroso y descarnado del mecanismo totalitario: la invención de la «neolengua», la persecución del «crimental» y la sofisticación del aparato de observación convierten la privación de libertad en un proceso administrativo y cultural. La lectura de 1984 conserva hoy una fuerza diagnóstica que invita a reflexionar sobre la relación entre tecnología, poder y verdad, y sobre cómo las transformaciones del lenguaje y la información pueden reconfigurar la vida colectiva y privada.